Las otras familias

Muchos artículos, pseudo-estudios, comentarios de personajes públicos o editoriales de medios de comunicación han versado en los últimos tiempos sobre la eliminación de las trabas legales para la adopción por parte de parejas homosexuales. Parece que esta legislatura que acabamos de finalizar ha estado marcada por varios estigmas. Uno de ellos ha sido “la destrucción de la familia”. Pero, ¿qué familia? Se ha estado divagando sobre la idoneidad de la adopción por parte de parejas homosexuales. Tal vez los colectivos que se oponen a ello consideran más aceptable para los niños vivir en una familia heterosexual en la que hay malos tratos, o en una familia rota, o que una adolescente se convierta en madre por un error (“si es adulta para joder es adulta para parir”- lo malo es que con el parto no se acaba el problema, porque otra persona se ve afectada por esta decisión).

Hay mucha hipocresía, funciona la doble moral de “esto no es bueno, salvo si me afecta a mí”. La excusa “pseudocientífica” para argumentar que no es bueno que dos personas del mismo sexo eduquen a un niño es que éste no tiene las dos figuras fundamentales para un crecimiento completo, pero ¿qué pasa entonces con las viudas o viudos que han criado a sus hijos sin ayuda del otro sexo?, ¿esos niños no son completos, han generado conductas antisociales, no se han adaptado a la sociedad en la que viven?

Ni soy experta en el tema, ni quiero sentar cátedra sobre el asunto. Sólo puedo contar lo que yo he visto y he vivido. Conozco a una pareja de dos hombres que crearon su familia; feliz, con sus luces y sus sombras, como todas. Han sido mis vecinos durante más de veinte años: educados, tranquilos, corteses. Era una familia de una composición peculiar: la pareja, el hijo de uno de ellos de una relación anterior, la madre del otro, y una criada de toda la vida, que vivía allí con su hija, y que se educó también en este ambiente.

Nunca he visto en ninguno de los componentes de esta familia actitudes antisociales, ni comportamientos extraños en los círculos en los que se movían, porque son buenas personas, buenos ciudadanos, buenos amigos, buenos vecinos, buenos padres… Los dos niños que crecieron en esta familia jamás se sintieron distintos a los demás; ambos son heterosexuales, ambos se han desarrollado personal y profesionalmente sin problemas en una sociedad que parece destacar más las formas que el fondo.

Políticamente conservadores, cuando los partidos conservadores rechazan su forma de vida; católicos, cuando la Iglesia acusa de patológica su conducta; ellos han vivido su verdad con dignidad, en silencio, pero sin vergüenza. Han sido siempre sinceros con los suyos y consigo mismos. No han sido militantes reivindicativos de ningún estilo de vida, pero con su forma de vivir me enseñaron que el amor y el respeto a los demás, sea cual sea la forma de expresarlo, siempre es beneficioso para la sociedad.

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